Cuando hablamos del sonido, inmediatamente viene a nosotros todo aquello que percibimos como parte de nuestro día a día. Es algo tan cotidiano y, hasta cierto punto, rutinario, que solemos ignorar la manera en que este sentido tan importante nos afecta.
POR: Angel ThEs
Imagen por Karolina Grabowska desde Pexels
“La psicoacústica se dedica a estudiar la percepción del sonido, es decir, como el oído y el cerebro procesan la información que nos llega en forma de sonido” (Miyara, Federico: “Acústica y Sistemas de Sonido”. UNR Editora. Rosario, Argentina, 1999.
Robinson, D. W.; Dadson, R. S.: “A re-determination of the equal-loudness relations for pure tones”. ).
El oído no es solamente una estructura fisiológica, sino, también, una percepción psicológica que viene acompañada de emociones y estímulos que se almacenarán en nuestra consciencia para ser rememorados en el momento en que sea necesario.
Hemos visto así, por ejemplo, que en diferentes medios se refleja la memoria de una persona (o, en nuestro caso, personaje) a través de una canción de cuna o nana que la madre canta; en este sentido, la canción suele traer a la vista del espectador una memoria muy primitiva y sensible que le ayuda a comprender el mundo a su alrededor y encontrar una solución a la problemática que la narrativa le plantea en ese momento.
Esto no es un mero artilugio narrativo. Si bien en la realidad, al escuchar una canción, no regresaremos en vista y sentidos a los tiempos de bonanza que ocurrieron cuando la escuchamos por primera vez, o cuando nos clavamos con una rola en nuestra adolescencia, si solemos traer a nosotros el sentimiento que teníamos en ese momento, las razones por las que nos encontrábamos cantando esa melodía en particular, o simplemente, una pequeña imagen que, de permitirse, se convierte en una anécdota para otro día.
Los sonidos, físicamente descritos como “la vibración mecánica de un medio elástico”, permean a nuestro cerebro a través de un complicado mecanismo de transducción (conversión de un tipo de energía a otra, en este caso, acústica a mecánica y después de mecánica a bioeléctrica) que tenemos en nuestro oído.
El oído, por su parte, compuesto por el oído externo: pabellón auricular y canal auditivo; oído medio: tímpaño y sistema oscicular (conformado por el martillo, el yunque y el estribo, tres huesecillos que llevan toda la vibración del tímpano hasta nuestro oído interno); y el oído interno: canales semicirculares, cóclea, órgano de corti y membrana basilar; dirige todo el sonido exterior hacia el nervio auditivo que, mediante un proceso bastante complicado, convertirá todo el movimiento en pulsos de voltaje que desencadenan alimentación proteínica en nuestro cerebro y este lo procesa y traduce a códigos, previamente aprendidos, que se almacenarán como sonidos que nuestro cerebro conoce.
Pero eso no puede ser tan simple.
Primero debimos pasar por un tiempo de aprendizaje, que lleva un poco más de un par de años, para poder traducir el sonido a cosas que podemos identificar y, además, responder: desde el timbre de voz de nuestra madre, hasta la carismática costumbre musical de nuestra familia.
En el cine, todo esto es estudiado y reproducido para poder generar emociones en el espectador, emociones que acompañarán toda la parte visual resultante de la imaginación de los guionistas y los directores. Siendo este un proceso tan largo, se vuelve parte fundamental del proceso de producción cinematográfico.
Somos seres sintientes, percibimos nuestra realidad a partir de nuestros sentidos y la procesamos a partir de una personalidad y un carácter forjados con los años, de aquí proviene la diferencia de gustos que podemos encontrar de manera generalizada en la gran población mundial, pero la manera de procesar la información y llevarla hasta nuestros cerebros depende de dos cosas: el entorno en el que crecemos y el entrenamiento que tenemos con el paso de los años. ¿Puede una persona, sin conocimiento musical, disfrutar de una pieza de música clásica? ¿De Bach? ¿De Liszt? ¿O de Mozart?. Probablemente si, pero quizá, también, es probable que le parezca aburrida o tediosa.
Sin embargo, día a día, escuchamos piezas instrumentales en las películas que vemos casi todos los días, o en los programas televisivos. Estos últimos no pasan desapercibidos, esa musicalización está ahí por algo y llega a nosotros como parte del proceso sensorial de la narrativa audivisual, es decir, entra por nuestros ojos y nuestros oídos y, en conjunto, se desarrollan las emociones que el director pretendía transmitir, pero lo tenemos tan mecanizado, que se requiere de algo de entrenamiento y modificación de las costumbres, comenzar a darnos cuenta que está ahí y nos está haciendo sentir algo.
La música, el sonido, y nuestro sentido auditivo, forman parte de nuestro lenguaje y estos pueden ser aprendidos y utilizados como medio de comunicación. La forma en que percibimos los sonidos, la manera en que nuestro cerebro procesa esta información y cómo se traduce esto en una respuesta psicológica, es parte de lo que somos. La música es un lenguaje por si mismo, pero esto es tema de otra ocasión.










