Escribo este artículo en calor, unos cuantos minutos después de chutarme un atracón de Netflix en el que me tiré todo el documental Rompan todo. Lo vi después de una noche de amigos, literatura y el tridente rockero, terminando uno de los años más extraños y hermosos que me han tocado, lleno de introspección, de acción, cambios y regresos.
POR: Esaka
Imagen por Luuk Wouters desde unsplash.com
Termina el año y por tradición, en estas fechas veo películas o documentales sobre contracultura. Tal vez para empezar con el corazón renovado. Rompan todo es un documental que cubrió mis expectativas y que, en distintos momentos, me conmovió profundamente el corazón.
El documental es una carta de amor a todo el género: hacen una revisión somera a los grandes hechos musicales y sociales que nos llevan a este momento histórico, a revisar el lugar que ocupa el rock, que, como siempre y por naturaleza, constantemente se autocritica.
La lucha del rock siempre ha sido social, de libertad y de esperanza desde la contracultura, cuando el rock se vende entonces aparece, desde ese mismo espíritu, una respuesta profunda que renueva su significado para una generación distinta y esto lo vemos constantemente en el documental, teniendo como epicentros de acción principalmente (sin ser los únicos) la ciudad de México, Chile y Argentina.
Con apariciones desde Javier Bátiz, Alex Lora, Café Tacvba y Molotov, hasta Calamaro, Aterciopelados, Charly García, Miguel Mateos y Fito Páez, entre una lista interminable de grandes artistas más que cuentan y rememoran su experiencia, su historia, que es la historia del rock en Latinoamérica, en todo el continente.
Como siempre, es interesante, incluso diría hermanante, reconocer la familiaridad de procesos existentes en América Latina, la constante presente de dividir los territorios y las identidades geográficas cuando hay algo mucho más profundo que nos une: las condiciones sociohistóricas que parecen replicarse más o menos igual en toda esta región. Después, el reflejo estético constante al cual no podemos engañar, presente en la música y, por sus características naturales, nativas del rock.
Así, este documental es un crisol que, si bien se centra en la evolución musical de un género, sabe, innegable, hacer una revisión a las condiciones sociales que implica y da sentido a los gritos de miles de almas que han llenado estadios por toda esta nación bolivariana.
Siendo un gran documental es perfectible, aunque sería ponernos exquisitos. Personalmente me hubiera gustado que dieran cabida a un movimiento mexicano que es parte medular del movimiento rockero histórico y que en el mejor de los casos se menciona sin darle el lugar que merece: el rock urbano, género que parece demasiado “naco” para ser considerado mencionable en un documental de rock y solo se menciona y aparece Alex Lora.
Por otro lado, hablar del rock urbano sería hablar de sus raíces: los rupestres (tal vez los eternos olvidados del rock mexicano). Solo le brindaron unos minutos, demasiado agradables y conmovedores cuando se centran en Rockdrigo (Ver a Bátiz secarse las lagrimas al recordar al profeta del nopal me enterneció el alma). Pero los rupestres no son rockdrigo, faltando artistas como Rafael Catana, Gerardo Enciso, Nina Galindo, Cecilia Toussaint, Guillermo Briseño, Jaime López o Carlos Arellano.
Fuera de este detalle, considero que es un muy interesante y bello documental. Las conclusiones son personales, aunque se nota que hay una sensación generalizada de expectativa sobre el futuro del género. Discusión tal vez enclavada desde hace diez años a la espera de la siguiente revolución que reorganice y vuelva a hacerlo caminar hacia otras épocas de caos y reconstrucciones (movimiento, vamos). Algo que también seguiré esperando con ansias.
Por mi parte, recupero el importante análisis que hacen sobre la inclusión de la mujer en el género y que probablemente de ahí venga el siguiente madrazo que haga mover y revolucionar ese caos que tanto amamos quienes nos consideramos rockeros de hueso colorado.










