Nací en 1989, resultado de los azares del destino, de cientos, miles de millones de destinos convergiendo en una posibilidad infinitesimal, donde, de solo mencionarlos, se vuelven una abstracción, como todas las abstracciones: extrañas e inconmensurables, pero sin la sensación de lo inconmensurable.
POR: Esaka
¿Cuál es la sensación de lo inconmensurable? Recuerdo hace décadas, tuve una fiebre muy fuerte que me hizo tener algún tipo de delirios centrados en la experiencia de dimensiones y pesos salidos de toda lógica, desde entonces, creo que esa es la sensación más familiar que tengo de inconmensurable: algo grande, algo a lo que simplemente te queda vomitar de las nauseas por lo pequeño que uno se vuelve ante esa sensación, que, por otro lado, es inasible.
¿Cuál es la sensación de lo inconmensurable? Recuerdo hace décadas, tuve una fiebre muy fuerte que me hizo tener algún tipo de delirios centrados en la experiencia de dimensiones y pesos salidos de toda lógica, desde entonces, creo que esa es la sensación más familiar que tengo de inconmensurable: algo grande, algo a lo que simplemente te queda vomitar de las nauseas por lo pequeño que uno se vuelve ante esa sensación, que, por otro lado, es inasible.
Después de esa fiebre, las veces que he tenido sensaciones similares han sido ante situaciones que me sacan de mi cotidianidad y, de una manera mucho más placentera, ante la poesía.
Nací en 1989, un año que solo se puede cuantificar de la manera que ahora lo hacemos en este mismo tiempo y sociedad. Para las personas del siglo XV sería un concepto igualmente abstracto que no ofrecería nada: “¿ustedes viajan por el aire en carretas que parecen aves?” y, probablemente, ese sería una forma para expresar lo más cercano a la presencia de aviones, eso sin considerar las diferencias culturales y, obviamente, brincándonos tal vez una de las mayores barreras: el lenguaje.
Hace poco vi una entrevista donde decían que uno de los grandes éxitos de Dragon Ball Z en América Latina y Sudamérica fue el doblaje mexicano. La explicación es la siguiente: Un argentino contaba que, justamente, podían entender a los personajes porque tenían el mismo idioma (español, obviamente). Pero al tener mexicanismos también lo hacía sentir un poco alejado, lo suficiente para generar un nexo en las similitudes y al mismo tiempo lo suficientemente alejado para entender que pertenecían a otros mundos (saiyans, namecuseí…).
Pero, ¿qué pedo con la vida? Cada uno de los temas que he abordado en esta columna son los mismos en los que me gusta divagar cuando voy en camión, cuando viajo a otros estados, cuando estoy en mi cuarto solo escuchando Flex-able por poner un ejemplo: un disco que en 2010 cumplió 25 años y por ello tuvo un remaster. O sea, un disco de 1985, un disco que lleva en este mundo más tiempo que yo y, que muy probablemente, me sobrevivirá.
Escribo esto con un idioma que lleva siglos de evolución y no se ha terminado de depurar (ni lo hará) y aún así, me superará en existencia.
Y Ante todo esto, tras estos dos o tres ejemplos someramente mencionados en este espacio virtual, la pregunta constante y consonante que seguramente apareció desde las primeras tribus que comenzaron a tener consciencia de sí y, por ende, de fundar una cultura, me imagino que alguna vez mirando al cielo y las estrellas, alguna serpiente frente a ellos, la estampida de algún animal, un incendio a media estepa, la caída de un rayo, la lluvia, las cascadas, las montañas, su reflejo en un río, los ojos de sus hijos, de sus hermanos, de los otros ellos y se habrán preguntado ¿qué pedo con la vida?
Siglos después estamos encerrados en nuestras cuevas de block, concreto, metal o madera. Estamos frente a un monitor, con soles artificiales, cascadas que fluyen en el baño o en las distintas llaves de la casa (cuando hay agua), nos levantamos, nos vemos en el espejo, de reojo en el cristal oscurecido de los celulares antes de revisar las notificaciones. Encerrados ante una contingencia sanitaria en la que jamás, a mediados de los 90´s o semanas antes de que se emitieran las medidas de sanitarias y la cuarentena, nos hubiéramos imaginado estar. Nos levantamos con lo que parece una resaca de semanas, a veces con la actitud para estar lo mejor posible, pero a veces, nos vemos al espejo, nos vemos despeinados y sin afeitar y nos volvemos a preguntar ¿qué pedo con la vida?, ¿vale la pena esto, estar encerrado, no saber si sobreviviré, no ver a mis familiares o amigos, haberlos perdido en una situación tan extraña y fuera de la normalidad, tan artificial a veces?
No tengo una respuesta general, tengo un acercamiento personal. Siempre he evitado romantizar la existencia, no es mi objetivo pensar que vendrán tiempos mejores o que “las cosas pasan por algo”, es más, me caga el coach personal. Esa madre es la superación personal 2.0, son las respuestas para intentar ser felices cuando no se puede vivir en una realidad, una realidad, por otro lado, que no se puede expresar objetivamente de ninguna manera más que por acercamientos más o menos críticos y más o menos estandarizados (para una especie específica, que se adecúa a ciertos parámetros, habilidades y posibilidades).
Entonces, ¿qué pedo con la vida? Según yo, nada. Y esa nada es el regalo más pinche bello que se nos pudo haber dado. Nada me ata a esta vida, nadie me trajo porque tuviera un plan divino para mí, no hay nada, solo pocas cosas puedo controlar en mí, socialmente aún peor, controlo menos cosas: ni siquiera cómo se me percibe, ni siquiera cómo se perciba lo que diga o haga, por que eso ya depende, en gran medida, del otro.
Aún así, con nuestras limitaciones, con el descontrol que existe alrededor de nosotros, como seres animales podemos experimentar un mundo: tonalidades de luz, de sonidos, distintas sensaciones de calor, viento o frío; en nuestra piel la lluvia cayendo, la dureza en las calles o los pisos, la arena en las playas, el agua en los ríos o el mar…
Tenemos la posibilidad de experimentar algo en una vida de la que somos conscientes, durará lo que una roca al despeñarse de un cerro, lo que tardan las piedras de río en alisarse, lo que tarda una nube en perder su forma y cambiar en otra, durará una cantidad de ciclos de esta canica que gira alrededor del sol… o más bien, esas solo son formas sociales a través de las cuales podemos intentar medir el tiempo.
El único tiempo constante es el presente, nuestra memoria y nuestra imaginación son las que juegan con el concepto de pasado y futuro, pero vivimos en un eterno presente. En ese sentido, somos eternos “Oh, gloria de las glorias” que podemos citar a Homero Simpson en esta vida, en la misma vida que tendremos amigos, que tendremos amores, ideas, historias, aventuras. En la misma vida que ha llegado años, décadas y siglos después que la búsqueda (la misma búsqueda) insaciable de otras personas. Todo esto, y más, mucho más, es lo que la existencia tiene presente para que tal vez, nosotros, si nos aventuramos, comencemos a vivirla.
Ya lo dijo Machado en su búsqueda personal: “Caminante no hay camino sino estelas en la mar.“ Y ahí radicaría la vida y la poesía. Entre las sensaciones, el pensamiento y la vida. Al menos, esa es mi respuesta.
Aunque bueno, como igualmente lo dijo Homero Simpson: a veces te levantas y solo piensas ¡Me lleva la cachetada!










